Borges, ¿es best seller?: elogio del desencuentro
“Renzi puede corregir una página de Arlt,
pero nadie puede escribirla.”
Esta escena corresponde a un taller de escritura municipal del conurbano Sur de la Provincia de Buenos Aires, al cual asisten adultos mayores. Me interesa describirla y analizarla ya que se dio un intercambio de perspectiva entre Norma, una participante, y Teresa, la coordinadora, respecto del lugar que deben ocupar los best seller en la literatura.El propósito del análisis es poner en juego la perspectiva etnográfica a la que se refiere Cliford Geertz, dado que pretendo interpretar esta práctica cultural concreta para poder, como futura docentes, elaborar conjeturas y, ya que esta perspectiva no es predictiva, hacia el final ustedes también van a ser invitados a formularlas. La idea es, en principio, concebir a la cultura como algo público y a partir de este relato llevar a cabo, como pretende Rimei Arnaus, un encuentro de voces.
En principio la discusión se suscitó por una dificultad que manifestó Norma sobre su incapacidad de reconocer aspectos sintácticos y ortográficos. Si bien podía discernir cuándo sus textos tenían coherencia y cuándo no, revisar fallas sintácticas se le complicaba: “yo escribo por instinto” consideraba. Al escuchar esto Teresa se dirigió a todos los presentes y dijo: “si quieren publicar tienen que saber gramática y si no quieren molestar, no”.
Luego, otra participante le preguntó a Teresa si van a publicar la antología como todos los años lo hacían con Alfredo, el coordinador anterior, pero ella les dijo que no porque la publicación salía muy cara y a ella no se la regalaban como a Alfredo. Entonces se generó una polémica que comenzó con la indignación de Teresa con aquellos que publican por el simple hecho de disponer de los recursos, dado que “les quitan el lugar de circulación y venta a los verdaderos intelectuales como Borges o Guillén”.
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| Algunas de las antologías de los talleristas |
A la luz de esta observación se podría decir que hay una concepción muy normativa en Teresa respecto al modo correcto de escribir que se acerca bastante a una forma escolar de concebir la enseñanza de la Lengua y la Literatura y no a un taller ya que le perturba que Norma no pueda nombrar saberes relacionados con la sintaxis, aunque no repara en que “por instinto” pueda aplicarlos. Y ese instinto al que se refiere Norma pareciera vincularse con los saberes no legitimados (o anti-científicos como señala Foucault),sobre todo, por la escuela, en oposición a aquellos que Teresa reserva como propiedad para quienes tienen licencia de publicar. Estos últimos representarían no sólo el saber legítimo, sino también, la encarnación de ese saber.
Por otro lado, pareciera que la coordinadora no concibe que la transmisión de las reglas ortográficas se pueda convertir en la enseñanza de una técnica a través de un desafío didáctico para este tipo de talleres, sino que no tiene planeado encontrarse con tales dificultades, o si se les presentan, estar preparada para encolerizarse. Es decir, que para ella la carencia del dominio de esa técnica es un problema personal, que por supuesto al genio creador no se le presenta, porque tiene un don que se puede objetivar en sus escritos, y no un “instinto” que por no poder nombrarse no se puede plasmar. Aquí, por la violencia de la primera respuesta, es evidente que no hay, como dice Ramón Flecha, un aprendizaje dialógico, esto es, un intercambio de los conocimientos a través de la valoración tanto del procesamiento de los aprendizajes más“escolares” como de los que se dan en la vida cotidiana y nos construyen como sujetos capaces de resolver conflictos sin necesidad de establecer una jerarquía entre ambos tipos de conocimientos.
Respecto a la concepción de escritura que tiene Teresa, también es interesante destacar que en apariencia juzga como escritores sólo a aquellos que publican y los que no lo hacen únicamente utilizan la escritura como entretenimiento, por lo tanto, los primeros usan la escritura como fin y los otros como medio. Sin embargo, parece haber una contradicción porque los que publican best seller no son escritores, sino que entretienen, o sea, exactamente lo contrario. Entonces aquí encontramos un precepto de literatura en Teresa que tiene que ver, en su primera opinión con todo libro que circula, pero, en profundidad, con todo libro que circula y que tiene un contenido elevado ¡cuántas pretensiones!
Parece ser que lo que está planteando es la puja por la hegemonía monetaria y cultural entre los “verdaderos intelectuales” y los apócrifos (por los nombres que dio, los últimos no entran en esa categoría por no ser canónicos, o escritores argentinos tradicionales, o el “patrimonio nacional”, o los que esconden todos los secretos de la literatura). Es decir que son escritores pero falsos porque juegan a ser escritores, se entretienen con esa actividad como lo harían con cualquier otra: ¿adivinen cómo quién? Sí, como lo hace Norma.
El “elogio del encuentro” del que habla Michele Petit se ve frustrado en esta ocasión porque tal vez la dificultad que tiene Norma para reconocer reglas obedece a su instinto de hablante pero para Teresa eso no es válido como conocimiento y por eso es estigmatizada como escritora. Es decir que con esta estrategia didáctica Norma caería siempre en el círculo de lo conocido porque Teresa no le proporciona el espacio para llegar a lo que hasta ahora no conoce. En este sentido, Petit propone correr el ángulo de percepción de lo cotidiano desde lo desconocido a fin de generar un espacio de descubrimiento de uno mismo y del mundo: “una conjunción de extrañamiento y reconocimiento” (Petit, 2001) señala.
En cuanto a la valoración que hace Teresa de Norma como lectora de best-seller, es interesante notar la descalificación, dado que como señala Germán Reimondo, no se contempla que “en tanto sujetos lectores, producen sentidos” (Reimondo, 2003). Entonces Teresa le está transmitiendo a la tallerista que, como escritora y como lectora, Norma busca únicamente el entretenimiento y el vacío de sentidos, aunque sería interesante que hubiera indagado en lo que le dejan esos best seller porque, tal vez, los conocimientos que tiene sobre literatura tienen su germen en esos libros.
Por lo analizado, Teresa parece no concebir a la cultura como algo público sino todo lo contrario: una propiedad de unos pocos destacados. Justamente nombra a Borges, ícono de la literatura, a quien suele atribuirse“el aleph” de la literatura, es decir, un secreto personal que atesora en un cofre y lo mezquina vaya a saber por qué. ¿Tal vez por miedo a la democratización de la cultura y la literatura?¿Se verá Teresa reflejada en esta postura? Para Valeria Sardi existen profesores para quienes “la inclusión y la democratización del conocimiento guían su tarea” (Sardi, 2007), pareciera no ser esta la postura de la coordinadora. Petit y María Teresa Sirvent son más ambiciosos y piensan en algo mucho más abarcativo que la postura del docente: la democratización del saber en todos los ámbitos, y Michel Foucaul plantea la necesidad de establecer genealogías para los saberes no legitimados o anti-científicos, a fin de legitimar y democratizar también la producción de saberes, por ejemplo, el “instinto”.
De todos modos ¿no le resulta llamativo que ellos hayan publicado una antología teniendo dificultades con la ortografía y la sintaxis? ¿O no será que no quiere que publiquen porque no los considera escritores? ¿por qué no explora otros medios de circulación gratuitos si no posee los medios económicos para publicar? ¿Si va a medir a los best-seller con la vara de lo económico: Borges es un best- seller?
Te propongo que cures a Teresa de los vicios de la tradición y le recuerdes que está en un taller de escritura a través de una propuesta didáctica alternativa.
Iris Villar











