sábado, 5 de noviembre de 2011

Zen en el arte de aprender dialogando


Aquí la letra en estado bruto hace jugar
de otro modo los procesos del aprendizaje,
la lectoescritura y la transmisión por la mirada.
Héctor Libertella

La escena que analizaré en esta entrada fue extraída de la observación de un Taller de escritura creativa que se lleva a cabo en la casa de su coordinador en una localidad del sur de Gran Buenos Aires. El taller consta de tres niveles y cada uno de ellos tiene un año de duración. Las reuniones del taller son llevadas a cabo en el living de la casa, donde cada uno tiene lugar entre sillones, pufs y se comparte un mate. Los talleristas son tres varones y una mujer, todos más o menos de la misma edad, jóvenes adultos (el coordinador también pertenece a esta franja etaria). Paso a mostrarles la escena sobre la cual trabajaré:

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“Marina estuvo un rato callada, ahora habla nuevamente, comenta que está leyendo Zen en el arte de escribir de Ray Bradbury y que se dio cuenta de que a veces ella escribe mucho “para el lector” en lugar de escribir más lo que siente y que tiene miedo de terminar siendo “comercial o algo así” y que lo que sintió cuando leía el libro de Bradbury era que estaba escribiendo “a medias” porque escribía sin garra, sin entusiasmo, sin sentimientos. Román le dice que tiene razón Bradbury porque “para reescribir hay tiempo”, que a veces está bueno el estallido y esa primera versión tiene cosas “especiales”. Emiliano dice que también leyó el libro, y que lo que estaba bueno era lo de buscar las palabras que son como “detonantes de la escritura”, que ese era el modus operandi de Bradbury. Marcos dice riéndose “¡Eso es lo que puso en el libro! No, está buena la idea de que uno puede tener una vida sin tomar antidepresivos aún siendo escritor” (…) Román dice que siempre la idea es desacralizar un poco el oficio de escritor y la idea anacrónica de éste.”
Para saber más acerca del libro pueden seguir el link de la imagen para leer la reseña de Rafael Marín (crítico de cine, comics y literatura de ciencia ficción)

Resulta interesante ver en esta escena la manera en que se manifiesta el concepto de saberes sujeto (Foucault, 1996) de los participantes y la manera en que a partir de eso se descalifican saberes acerca de la literatura y el ser escritor.
En la postura de Marina, vemos que se descalifica a los escritores que escriben pensando en un determinado tipo de lector en lugar de escribir lo que sienten. Marina afirma “tener miedo” de estar escribiendo literatura “comercial o algo así”, por lo que observamos que en sus representaciones acerca de la literatura quedan totalmente descalificados los best sellers y así también los lectores que consumen los libros que así son etiquetados. Román responderá a su preocupación, diciéndole que no hay problema con la escritura emocionada y sentimental, porque las “primeras versiones” son interesantes. Esta respuesta resulta enriquecedora para nuestro análisis, puesto que al hablar de una “reescritura” necesaria, Román descalifica las primeras versiones de un texto y la escritura como don natural, la idea del genio creador, que como aclarará posteriormente es “anacrónica”: para él ser escritor es un oficio. Como respuesta a esto deducimos que en sus representaciones acerca de la literatura, queda fuera la escritura como un rapto de inspiración que puede ser publicado tal y como fue escrito por primera vez. Pero, pensemos por ejemplo en la literatura surrealista: ¿queda totalmente descalificada en las representaciones acerca de la literatura de Román? o bien, ¿es considerada una “idea anacrónica” de lo que es escribir y ser escritor?
Por otro lado, más asociado a las ideas de Román, Emiliano aporta una lectura diferente de Zen… a partir del recorte que hace a la hora de expresar su experiencia de lectura. Él habla de un “modus operandi” y esto se condice con la idea del ser escritor como oficio, la escritura es vista como una actividad con ciertos métodos y con un conjunto de técnicas a disposición del escritor. Vemos descalificada la escritura como catarsis, y así también, la escritura con garra, entusiasmo y sentimientos que quería alcanzar Marina.
El anterior análisis de los comentarios, nos permite ver la manera en que los participantes del taller se apropian del libro de Ray Bradbury y ponen sobre la mesa sus lecturas heterogéneas, encontrándole cada uno un sentido que le interesa particularmente (Reimondo, 2003). No sabemos si es casual que lo hayan leído, probablemente su lectura haya sido recomendada, pero no obligatoria (un participante del taller no hace comentarios acerca del libro y otro hace un comentario que no está directamente relacionado con la lectura del mismo).
Marcos expondrá otra idea acerca del “ser escritor”. Su deducción muestra que sus representaciones están centradas probablemente en la idea del escritor romántico y de los poetas malditos, cuyas historias de vida (hartamente conocidas) fueron trágicas y estuvieron plagadas de hechos poco felices como suicidios y adicciones. Su representación acerca de la literatura entra en conflicto con su idea del ser escritor, puesto que aunque no esté de acuerdo con las vidas trágicas (no es necesario “tomar antidepresivos”), este comentario revela que las producciones de estos escritores son las que mejor ilustran su idea de literatura y probablemente que los lectores para los que escribe son quienes la consumen.
El comentario de Marcos al que he aludido nos hace pensar que el concepto de aprendizaje dialógico tiene papel protagónico en esta escena. Como dije anteriormente, no está directamente relacionado con la lectura de Zen… sino que es construido a partir de los diferentes aportes y argumentos de los otros participantes. ¿Por qué retomo el concepto? Porque se puede observar claramente que en el taller se da el aprendizaje a partir del diálogo igualitario (Flecha, 1997) entre los talleristas y esto gracias a la horizontalidad, que proporciona la situación ideal para la acción comunicativa. Los talleristas no trabajan con una interpretación única del sentido del texto y tampoco son juzgados los aportes en función de la posición de poder de los integrantes (el comentario de Román no es mejor estimado por ser el coordinador).
A la vista de estos análisis los talleristas, en ese vínculo dialéctico que se da en las prácticas de lectura, modifican el texto mismo al intentar encontrarle diferentes sentidos e interpretaciones, "desplazando el sentido del texto y recurriendo a su experiencia concreta y personal"(Reimondo, 2003) como podemos ver claramente en el comentario final de Marcos.
En esta escena queda demostrado (una vez más, lo cual me parece relevante) que es posible que se lleve a cabo el aprendizaje a partir del diálogo igualitario y asimismo, que pueden coexistir de manera armónica las diferentes lecturas de los participantes, sin imponerse ninguna y a la vez sin llegar a una única conclusión que homogeneice el pensamiento de los integrantes del taller.
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Reflexionando acerca de las representaciones de escritura y literatura a las que se dio lugar en la escena y las que se han descalificado, notamos que en esta escena el “detonante” de la charla fue la representación del lector para el que se escribe. Con esto queda sembrada la piedra de la discordia: ¿qué tipo de lector creen ustedes que buscan los talleristas?
 




M. Laura Engelbrecht

3 comentarios:

  1. Es difícil estimar qué tipo de lector buscan los talleristas. En principio, se puede evidenciar que hay aportes interesantes de todos los integrantes y si el diálogo se da siempre, podemos hablar de sujetos que se están transformando.
    Lo que tiene de particular la escritura de los talleres literarios es que la instancia de producción y reconocimiento se da casi siempre frente a sus compañeros y coordinador. El que escribe puede escuchar lo que dice su lector con respecto a su obra. Verón (1987) dice que entre éstas (instancias de producción y reconocimiento) no coinciden jamás exactamente y que entre éstas no hay relaciones simples ni lineales y que el mercado contribuye a crear no sólo el valor simbólico sino también el sentido del discurso (Bourdieu, 1985)

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  3. Me parece que el concepto de aprendizaje dialógico en este caso es muy acertado porque éste no se refiere al simple hecho de hablar y ser escuchado sino a generar un intercambio y, sobre todo, a no jerarquizar. Creo que uno cuando escribe piensa en un lector parecido a uno mismo, aunque creo que en este caso se está pensando no en uno sino en tantos lectores como cantidad de personas hay en este encuentro y fuera de él.

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